El primer impulso del muchacho fue dar la vuelta y echar a correr. Pero no lo hizo, porque Velkan siguió adelante, y lo último que quería era fallarle de nuevo y volver a sentir su desprecio. Así que apretó los dientes y se internó en aquella vieja prisión que tanto le recordaba al lugar que abandonó cinco años atrás junto a Velkan y otros diecinueve chicos.
De aquellos muchachos asustados, famélicos
y semidesnudos que lograron escapar del horror ya solo quedaban tres, él mismo,
Velkan y Cosmin. El resto habían ido desapareciendo poco a poco: unos porque se
marcharon sin más; otros muertos por el hambre o la enfermedad; los más
barridos por la violencia del mundo que encontraron al traspasar las puertas
del Hogar
para niños conducător…
Pero Raluka seguía vivo, en gran
medida gracias a Velkan, de eso no cabía duda. Por eso apretó los dientes y
siguió al grupo, internándose en aquella prisión que presentaba el aspecto de
haber sufrido una autentica batalla campal en sus entrañas. Y es que allá donde
mirara Raluka veía restos del infierno que tiempo atrás se vivió en aquel
lugar: las paredes ennegrecidas por el humo de innumerables incendios, el suelo
cubierto de papeles y cristales rotos, y cuerpos, cuerpos por todos lados,
entrelazados en las más extrañas posturas…
El grupo deambuló durante horas
por los cada vez más oscuros pasillos de la prisión, buscando cualquier cosa de
valor, cualquier cosa que pudieran rapiñar, pero sin éxito. Era obvio que aquel
lugar ya había sido saqueado a conciencia con anterioridad. Raluka veía como el
fracaso de la expedición consumía a Velkan, cuya expresión se endurecía minuto
a minuto, hasta que finalmente dio la orden de marcharse, claramente enojado.
El muchacho, que conocía bien a
Velkan, mantenía con él las distancias mientras abandonaban la prisión y es que
sabía que en situaciones como aquella lo mejor era darle espacio y no llamar su
atención, pues no era difícil provocar su ira… Por eso le extrañó que Anca, precisamente
la inútil de Anca, cuya presencia siempre era ignorada por todos, se atreviera
a acercarse a Velkan y le dijera algo a la vez que estiraba de su mano. Aquello
sin duda prometía…
Velkan siguió a Anca, y Raluka y
el resto del grupo siguieron a Velkan hasta una sala por la que acababan de
pasar hacía unos minutos y que parecía, al igual que las otras, completamente
saqueada. En su día, a juzgar por las cajas destrozadas y los sacos vacíos y
rotos que había por todos lados, debió ser una especie de almacén, pero lo que
allí se guardaba hacía mucho que había volado… o eso parecía a simple vista.
Anca se dirigió al extremo más alejado de la sala, que estaba casi a oscuras, y
de repente desapareció como por arte de magia, igual que desaparecían las
monedas entre los dedos de Misha para volver a aparecer poco después en las
orejas de Luka…
Y como las monedas, también Anca
apareció de nuevo.
Aquella sala tenía un pequeño
entrante en forma de L, un anexo que,
dada la poca luz, se les había pasado completamente por alto. Allí había una
puerta metalizada de lo que parecía ser una especie de cámara frigorífica, un
lugar ideal para esconder cosas de valor… Velkan intentó forzar la cámara sin
éxito, así que se giró, buscó con la mirada a Raluka y le hizo un leve gesto.
El muchacho sabía lo que Velkan esperaba de él, así que tragó saliva y se
acercó tembloroso a la puerta, confiando en que la cerradura fuera uno de esos
modelos viejos y sencillos que tan bien conocía. El éxito del día y, lo que
para Raluka era más importante, el humor de Velkan, dependía de ello…
Por suerte, su viejo alambre y su
oxidado destornillador no le fallaron. Oyó el conocido click y Raluka pudo al
fin sonreir aliviado. A sus espaldas, también Velkan esbozó una sonrisa…
