jueves, 10 de octubre de 2013

Kostandin


Fuera del coche los lamentos desesperados de los moribundos. Dentro, las risas y gritos histéricos de sus compañeros… Pero Kostandin no oía nada, ni tampoco veía nada más allá de sus manos ensangrentadas. El viejo Dacia se alejaba con un ruido ensordecedor de la granja donde aquellos pobres desgraciados habían creído encontrar refugio, pero Kostandin sabía que algo de él se había quedado allí para siempre…

Mareado, sintió arcadas y tuvo el tiempo justo de abrir la ventanilla antes de vomitar. Oyó como sus compañeros se reían de él, pero no le dio la más mínima importancia… Después de lo que había pasado en la granja, lo que le hicieran o dejaran de hacer esos monstruos le traía sin cuidado…

Entre sus pies, el premio a la barbarie: seis latas de conserva oxidadas con dios sabe qué en su interior. El precio, dos niñas y dos ancianos muertos a golpes… y el último vestigio de humanidad de Kostandin. Velkan estaría contento…

Un año, tres meses y doce días hacía que Kostandin se unió al grupo de Velkan y los suyos y aún hoy, tanto tiempo después, se preguntaba a sí mismo que le impulsó a ello. En cualquier caso, ya no había marcha atrás, y más después de lo ocurrido en la granja… 

Cerró los ojos y por un instante se vio de nuevo ante el aterrorizado anciano, cubierto de sangre mientras golpeaba una y otra vez su arrugada cara con aquella lata que se había negado a darle. ¿Por qué no se la dio? todo habría sido tan diferente… Pero no, el viejo estúpido no soltó la lata. Le suplicó, se abrazó a sus rodillas llorando, pero sin soltar la lata. Heiner y Raluca se reían de él mientras sujetaban a las niñas y Nikolai no paraba de golpear su hombro mientras le insultaba en ruso… Lo siguiente que recordaba Kostandin era tener la lata en su ensangrentada mano y el caos desatarse a su alrededor…

Kostandin abrió los ojos y limpió con el dorso de su ensangrentada mano los restos de vómito del cristal de la ventanilla. La volvió a subir y se quedó mirando fijamente a través de ella, viendo como el  sol se ponía rojizo en el horizonte. Y entonces al fin lo entendió todo. Ese día, con cinco años de retraso, la muerte se había cobrado su deuda con Kostandin. Ese día, el hombre que una vez fue murió, se marchó para siempre, tal vez para reunirse de nuevo con Anna y Annika. Ese día, un año, tres meses y doce días después, Kostandin al fin se convirtió en un hombre de Velkan…