lunes, 7 de octubre de 2013

Ileana


Anochecía, y eso podía resultar sumamente peligroso. Ya había tenido alguna que otra mala experiencia por alargar más de lo debido sus salidas y aunque hasta ahora la fortuna le había sonreído no quería seguir tentando a la suerte. Tras echar un último vistazo al grupo que había seguido y vigilado todo el día metió los prismáticos en la mochila, subió a su vieja motocicleta y salió disparada en dirección sur, hacia el bosque donde acamparían esa noche sus compañeros. 


Sabía que Anca estaría preocupada por ella pero hacía tiempo que eso ya no le importaba. Su madre no parecía darse cuenta de que el mundo donde aún creía vivir había dejado de existir cinco años atrás y que si debía preocuparse por alguien era por ella misma, no por su pequeña Ileana…  Y es que a diferencia de Anca la muchacha sí era hija del nuevo mundo. Del viejo tenía vagos recuerdos que cada vez le costaba más rememorar, y mejor que así fuera porque a su madre era obvio que no le hacía ningún bien vivir en el pasado. 

 Ileana sabía que sobrevivir al fin del mundo fue solo cuestión de suerte, pero ahora, cinco años después, cada nuevo día de vida se lo tenía que ganar. Sin miramientos, sin remordimientos. Vivir o morir, esa era la cuestión. Su madre no lo entendía, y hacía mucho que estaría bajo tierra si no fuera por ella, que había engañado, robado, asesinado… que se había vendido por comida o protección.

Ahora era de Velkan. Él la protegía y alimentaba y no la compartía con los otros, lo cual era un alivio. Y lo mejor de todo es que también se ocupaba de Anca, pese a ser una carga para el grupo. Él mismo le había dicho que su primer impulso fue abandonarla, y que más de una vez se había planteado deshacerse de ella, pero pasaba el tiempo y allí seguían las dos, por lo cual le estaba agradecida. Y es que aunque muchas veces Velkan le diera miedo, con él se sentía más segura de lo que jamás antes se había sentido…