Nunca lograría acostumbrarse a esa lluvia, a su olor, a su extraño tacto, tan denso y pegajoso… No lo había logrado tras cinco años, y no creía que lo lograra jamás. Misha se quitó las gafas y limpió sus rayados cristales. Buscó con la mirada a su hijo, y le pareció verlo tras unos troncos de grotescas formas tiempo atrás calcinados.
Parecía que Luka arrancaba la
negra corteza de uno de esos árboles, quizá en busca de alguna larva o gusano
que llevarse a la boca, tras un día entero sin pegar bocado. Estaba serio, como
siempre, y parecía mayor para su edad. Ya no quedaba ni rastro del pequeño niño
mellado que le miraba sonriente cada noche desde aquella vieja y sucia foto sacada mucho
tiempo atrás, en otro mundo completamente distinto al que ahora veían sus ojos…
Misha odiaba su vida, y el caos
surgido tras el desastre, y si no fuera por Luka y Olenka hacía mucho tiempo
que se hubiera dejado morir. Pero Luka y Olenka lo necesitaban, y no sería
justo dejarlos en la estacada… Ya habían perdido bastante los dos, sobretodo
Luka… él al menos había conocido otra vida, y recordaba aún lo que era ser feliz,
vivir sin miedo. Luka jamás tendría eso…
Misha continuó andando y bajó por
un angosto terraplén hacia las oscuras aguas de un pequeño riachuelo. Allí
abajo Olenka revisaba y recogía las trampas que dejaron la tarde anterior, hasta
ahora sin ningún resultado. Sabía que si la cosa no mejoraba y regresaban con
las manos vacías Velkan no estaría nada contento, pero lo cierto es que poco
más podían hacer: en aquel lugar la vida simplemente no parecía existir…
Misha ayudó a Olenka a salir del
cauce del río y juntos fueron a buscar al resto de la partida. Marcharon en
silencio, sin hablarse. Ya casi nunca hablaban, sólo cuando estaban con Luka.
Ella no le perdonaba lo que pasó el día que conocieron a Velkan y a su grupo y
lo cierto es que él tampoco se lo perdonaba… Se intentaba convencer a sí mismo de
que unirse a Velkan fue lo único que pudo hacer, lo que salvó sus vidas. Se
decía que si no llega a ser por él habrían muerto de hambre y frío en aquella
vieja granja, pero lo cierto es que el precio que tuvieron que pagar… el precio
que tuvo que pagar Olenka fue demasiado alto.
De eso hacía más de dos años,
pero cada noche, cuando cerraba los ojos al acostarse, la primera imagen que le
venía a la mente era la de Olenka entrando de la mano de Velkan en aquel cuartucho
con la angustia reflejada en su mirada. Fue el precio a pagar por sus vidas…
