El chico se alegró cuando oyó el familiar rugido del motor y vio aparecer a Velkan y a los otros. Se habían marchado por la mañana temprano y, como otras tantas veces, él se había enterado demasiado tarde, cuando la partida de rapiña debía estar a bastantes kilómetros del campamento. El enfado le había durado todo el día pero ahora, al ver al grupo que regresaba, la alegría al ver que volvían todos y la curiosidad por saber cómo había ido la cosa pudo con él y se acercó corriendo hasta la vieja DKW.
Por las caras que traían, de
cansancio pero sonrientes, la cosa no debía haber ido del todo mal. Jarek
cargaba con una bolsa que, por su cara de esfuerzo, debía pesar bastante y
Heiner llevaba dos cajas con algún tipo de munición. Pero lo que de verdad
llamó la atención de Luka fue la escopeta, aún reluciente, que colgaba del
costado derecho de Velkan. Se acercó con intención de tocarla pero Velkan lo
apartó a un lado y se dirigió hacia la fogata donde le esperaban Ileana y Anca,
que se afanaba en preparar algo de comer
para los recién llegados.
Luka miró hacia su padre que,
junto a otra fogata ya casi apagada, recogía las cartas con las que habían
estado jugando hasta la llegada de Velkan. Allí sentado, sólo y con sus
ridículas gafas rayadas, guardaba con cuidado la vieja baraja en uno de sus
bolsillos mientras miraba de vez en
cuando hacia la oscuridad, hacia el lugar donde sabía que Olenka estaría
haciendo guardia esa noche. Era un hombre débil, un hombre acabado, pensó Luka.
Un hombre digno de lástima. Y eso le dio asco.
Al fin Misha vio al muchacho y,
sonriendo, le hizo una seña para que se sentara junto a él. Luka no le
contestó. Se dio la vuelta y fue hacia la fogata de Velkan, donde la gente
comenzaba a arremolinarse para cenar y contar entre risas las anécdotas del
día.
Y allí, sentado lo más cerca que
pudo de Velkan y su escopeta Baikal, el muchacho se quedó al fin dormido.



