martes, 29 de octubre de 2013

Luka


El chico se alegró cuando oyó el familiar rugido del motor y vio aparecer a Velkan y a los otros. Se habían marchado por la mañana temprano y, como otras tantas veces, él se había enterado demasiado tarde, cuando la partida de rapiña debía estar a bastantes kilómetros del campamento. El enfado le había durado todo el día pero ahora, al ver al grupo que regresaba, la alegría al ver que volvían todos y la curiosidad por saber cómo había ido la cosa pudo con él y se acercó corriendo hasta la vieja DKW.

Por las caras que traían, de cansancio pero sonrientes, la cosa no debía haber ido del todo mal. Jarek cargaba con una bolsa que, por su cara de esfuerzo, debía pesar bastante y Heiner llevaba dos cajas con algún tipo de munición. Pero lo que de verdad llamó la atención de Luka fue la escopeta, aún reluciente, que colgaba del costado derecho de Velkan. Se acercó con intención de tocarla pero Velkan lo apartó a un lado y se dirigió hacia la fogata donde le esperaban Ileana y Anca, que se  afanaba en preparar algo de comer para los recién llegados.

Luka miró hacia su padre que, junto a otra fogata ya casi apagada, recogía las cartas con las que habían estado jugando hasta la llegada de Velkan. Allí sentado, sólo y con sus ridículas gafas rayadas, guardaba con cuidado la vieja baraja en uno de sus bolsillos mientras  miraba de vez en cuando hacia la oscuridad, hacia el lugar donde sabía que Olenka estaría haciendo guardia esa noche. Era un hombre débil, un hombre acabado, pensó Luka. Un hombre digno de lástima. Y eso le dio asco.

Al fin Misha vio al muchacho y, sonriendo, le hizo una seña para que se sentara junto a él. Luka no le contestó. Se dio la vuelta y fue hacia la fogata de Velkan, donde la gente comenzaba a arremolinarse para cenar y contar entre risas las anécdotas del día.

 Y allí, sentado lo más cerca que pudo de Velkan y su escopeta Baikal, el muchacho se quedó al fin dormido. 


viernes, 25 de octubre de 2013

Misha


Nunca lograría acostumbrarse a esa lluvia, a su olor, a su extraño tacto, tan denso y pegajoso… No lo había logrado tras cinco años, y no creía que lo lograra jamás. Misha se quitó las gafas y limpió sus rayados cristales. Buscó con la mirada a su hijo, y le pareció verlo tras unos troncos de grotescas formas tiempo atrás calcinados.

Parecía que Luka arrancaba la negra corteza de uno de esos árboles, quizá en busca de alguna larva o gusano que llevarse a la boca, tras un día entero sin pegar bocado. Estaba serio, como siempre, y parecía mayor para su edad. Ya no quedaba ni rastro del pequeño niño mellado que le miraba sonriente cada noche desde aquella vieja y sucia foto sacada mucho tiempo atrás, en otro mundo completamente distinto al que ahora veían sus ojos… 

Misha odiaba su vida, y el caos surgido tras el desastre, y si no fuera por Luka y Olenka hacía mucho tiempo que se hubiera dejado morir. Pero Luka y Olenka lo necesitaban, y no sería justo dejarlos en la estacada… Ya habían perdido bastante los dos, sobretodo Luka… él al menos había conocido otra vida, y recordaba aún lo que era ser feliz, vivir sin miedo. Luka jamás tendría eso…

Misha continuó andando y bajó por un angosto terraplén hacia las oscuras aguas de un pequeño riachuelo. Allí abajo Olenka revisaba y recogía las trampas que dejaron la tarde anterior, hasta ahora sin ningún resultado. Sabía que si la cosa no mejoraba y regresaban con las manos vacías Velkan no estaría nada contento, pero lo cierto es que poco más podían hacer: en aquel lugar la vida simplemente no parecía existir…

Misha ayudó a Olenka a salir del cauce del río y juntos fueron a buscar al resto de la partida. Marcharon en silencio, sin hablarse. Ya casi nunca hablaban, sólo cuando estaban con Luka. Ella no le perdonaba lo que pasó el día que conocieron a Velkan y a su grupo y lo cierto es que él tampoco se lo perdonaba… Se intentaba convencer a sí mismo de que unirse a Velkan fue lo único que pudo hacer, lo que salvó sus vidas. Se decía que si no llega a ser por él habrían muerto de hambre y frío en aquella vieja granja, pero lo cierto es que el precio que tuvieron que pagar… el precio que tuvo que pagar Olenka fue demasiado alto.

De eso hacía más de dos años, pero cada noche, cuando cerraba los ojos al acostarse, la primera imagen que le venía a la mente era la de Olenka entrando de la mano de Velkan en aquel cuartucho con la angustia reflejada en su mirada. Fue el precio a pagar por sus vidas…

miércoles, 16 de octubre de 2013

Raluka


El primer impulso del muchacho fue dar la vuelta y echar a correr. Pero no lo hizo, porque Velkan siguió adelante, y lo último que quería era fallarle de nuevo y volver a sentir su desprecio. Así que apretó los dientes y se internó en aquella vieja prisión que tanto le recordaba al lugar que abandonó cinco años atrás junto a Velkan y otros diecinueve chicos.

De aquellos muchachos asustados, famélicos y semidesnudos que lograron escapar del horror ya solo quedaban tres, él mismo, Velkan y Cosmin. El resto habían ido desapareciendo poco a poco: unos porque se marcharon sin más; otros muertos por el hambre o la enfermedad; los más barridos por la violencia del mundo que encontraron al traspasar las puertas del  Hogar para niños conducător…
 
Pero Raluka seguía vivo, en gran medida gracias a Velkan, de eso no cabía duda. Por eso apretó los dientes y siguió al grupo, internándose en aquella prisión que presentaba el aspecto de haber sufrido una autentica batalla campal en sus entrañas. Y es que allá donde mirara Raluka veía restos del infierno que tiempo atrás se vivió en aquel lugar: las paredes ennegrecidas por el humo de innumerables incendios, el suelo cubierto de papeles y cristales rotos, y cuerpos, cuerpos por todos lados, entrelazados en las más extrañas posturas…  


El grupo deambuló durante horas por los cada vez más oscuros pasillos de la prisión, buscando cualquier cosa de valor, cualquier cosa que pudieran rapiñar, pero sin éxito. Era obvio que aquel lugar ya había sido saqueado a conciencia con anterioridad. Raluka veía como el fracaso de la expedición consumía a Velkan, cuya expresión se endurecía minuto a minuto, hasta que finalmente dio la orden de marcharse, claramente enojado. 

El muchacho, que conocía bien a Velkan, mantenía con él las distancias mientras abandonaban la prisión y es que sabía que en situaciones como aquella lo mejor era darle espacio y no llamar su atención, pues no era difícil provocar su ira… Por eso le extrañó que Anca, precisamente la inútil de Anca, cuya presencia siempre era ignorada por todos, se atreviera a acercarse a Velkan y le dijera algo a la vez que estiraba de su mano. Aquello sin duda prometía…

 Velkan siguió a Anca, y Raluka y el resto del grupo siguieron a Velkan hasta una sala por la que acababan de pasar hacía unos minutos y que parecía, al igual que las otras, completamente saqueada. En su día, a juzgar por las cajas destrozadas y los sacos vacíos y rotos que había por todos lados, debió ser una especie de almacén, pero lo que allí se guardaba hacía mucho que había volado… o eso parecía a simple vista. Anca se dirigió al extremo más alejado de la sala, que estaba casi a oscuras, y de repente desapareció como por arte de magia, igual que desaparecían las monedas entre los dedos de Misha para volver a aparecer poco después en las orejas de Luka… 

Y como las monedas, también Anca apareció de nuevo. 

Aquella sala tenía un pequeño entrante en forma de L, un  anexo que, dada la poca luz, se les había pasado completamente por alto. Allí había una puerta metalizada de lo que parecía ser una especie de cámara frigorífica, un lugar ideal para esconder cosas de valor… Velkan intentó forzar la cámara sin éxito, así que se giró, buscó con la mirada a Raluka y le hizo un leve gesto. El muchacho sabía lo que Velkan esperaba de él, así que tragó saliva y se acercó tembloroso a la puerta, confiando en que la cerradura fuera uno de esos modelos viejos y sencillos que tan bien conocía. El éxito del día y, lo que para Raluka era más importante, el humor de Velkan, dependía de ello…


Por suerte, su viejo alambre y su oxidado destornillador no le fallaron. Oyó el conocido click y Raluka pudo al fin sonreir aliviado. A sus espaldas, también Velkan esbozó una sonrisa…

jueves, 10 de octubre de 2013

Kostandin


Fuera del coche los lamentos desesperados de los moribundos. Dentro, las risas y gritos histéricos de sus compañeros… Pero Kostandin no oía nada, ni tampoco veía nada más allá de sus manos ensangrentadas. El viejo Dacia se alejaba con un ruido ensordecedor de la granja donde aquellos pobres desgraciados habían creído encontrar refugio, pero Kostandin sabía que algo de él se había quedado allí para siempre…

Mareado, sintió arcadas y tuvo el tiempo justo de abrir la ventanilla antes de vomitar. Oyó como sus compañeros se reían de él, pero no le dio la más mínima importancia… Después de lo que había pasado en la granja, lo que le hicieran o dejaran de hacer esos monstruos le traía sin cuidado…

Entre sus pies, el premio a la barbarie: seis latas de conserva oxidadas con dios sabe qué en su interior. El precio, dos niñas y dos ancianos muertos a golpes… y el último vestigio de humanidad de Kostandin. Velkan estaría contento…

Un año, tres meses y doce días hacía que Kostandin se unió al grupo de Velkan y los suyos y aún hoy, tanto tiempo después, se preguntaba a sí mismo que le impulsó a ello. En cualquier caso, ya no había marcha atrás, y más después de lo ocurrido en la granja… 

Cerró los ojos y por un instante se vio de nuevo ante el aterrorizado anciano, cubierto de sangre mientras golpeaba una y otra vez su arrugada cara con aquella lata que se había negado a darle. ¿Por qué no se la dio? todo habría sido tan diferente… Pero no, el viejo estúpido no soltó la lata. Le suplicó, se abrazó a sus rodillas llorando, pero sin soltar la lata. Heiner y Raluca se reían de él mientras sujetaban a las niñas y Nikolai no paraba de golpear su hombro mientras le insultaba en ruso… Lo siguiente que recordaba Kostandin era tener la lata en su ensangrentada mano y el caos desatarse a su alrededor…

Kostandin abrió los ojos y limpió con el dorso de su ensangrentada mano los restos de vómito del cristal de la ventanilla. La volvió a subir y se quedó mirando fijamente a través de ella, viendo como el  sol se ponía rojizo en el horizonte. Y entonces al fin lo entendió todo. Ese día, con cinco años de retraso, la muerte se había cobrado su deuda con Kostandin. Ese día, el hombre que una vez fue murió, se marchó para siempre, tal vez para reunirse de nuevo con Anna y Annika. Ese día, un año, tres meses y doce días después, Kostandin al fin se convirtió en un hombre de Velkan…